El recomendable ensayo ‘Un cortocircuito formidable‘ traza el camino de investigación sonora del noise que conduce a una propuesta como la de Gilla Band. El ruido como forma de transgresión, pero también como amenaza y violencia ejercida sobre quien escucha, sin intención alguna de resultar confortable. ‘Pugnello’ es un castigo sonoro. Francamente, el que nos merecemos.
El cuarto disco de Gilla Band, que la banda irlandesa presentará en Primavera Sound 2027, es el más extremo y vulnerables de su carrera, pero también uno de los más cómicos, si tenemos en cuenta la cantidad de pasajes absurdos que contienen sus letras. En ‘Placeholder‘ hay una mención a tener «barriga de Teletubby»; en ‘Giraffe’, una confesión sobre copiar a The Fall; y ‘Crisp Pop’ asocia sabores de patatas de bolsa con grupos de britpop: Oasis son «Cheese & Onion», Blur, «Salt & Vinegar», y Pulp, «Prawn Cocktail». Si, como a mí, la asociación de música y comida te repugna, esto resulta asqueroso. Es la gracia.
Pero que nadie se lleve a engaño: ‘Pugnello’ es también un trabajo de enorme virtuosismo musical. Justamente en The Quietus señalan que ningún grupo desde My Bloody Valentine ha conseguido hacer sonar tan bien la «combustión» sonora. Yo me atrevería a añadir que pocos grupos de rock recientes han logrado un sonido tan personal y reconocible y, a la vez, tan difícil de recomendar. Decidle a vuestros amigos que se pongan esto.
Quien se atreva a quedarse saldrá recompensado de inmediato con la agresión sonora de ‘The Angelus’, cuyo arreglo de batería es literalmente acojonante: la canción parece una bomba a punto de detonar. Mientras, Kiely canta sobre Bananas in Pyjamas, Gary Lineker y cualquier cosa que se le cruza por la cabeza. El absurdo de las letras acompaña, con humor, lo fracturado de sus pensamientos, aunque entre tanta asociación disparatada asoma ya el trasfondo biográfico del disco.
El título de ‘Pugnello’ rinde tributo a Cromwell, la banda de rock progresivo de su padre, fallecido en 2022. El álbum está plagado de recuerdos de infancia, como los que aparecen en ‘Placeholder’, que juega con esas cosas que llenan nuestros pensamientos cuando ni siquiera sabemos qué nos ronda la cabeza. Sobre un extraño beat dance que parece a punto de desplomarse, Kiely hila divertidas referencias a los Power Rangers, ‘Neighbours’ y a escuchar «cantidades peligrosas de Coldplay». Escribió la canción después de recibir un diagnóstico de esquizofrenia, al que alude explícitamente en ‘Alogia’, cuyo título remite a la pobreza del habla. Musicalmente, la canción se mueve entre la claustrofobia y la obsesión.
El ruido protuberante de ‘Three Hands Clapping’ -absurdo ya desde el título- y los puñetazos metalúrgicos de ‘Jacobsons’ construyen un trabajo de clara vocación industrial y autodestructiva. Los gritos de Kiely adquieren un tono terrorífico, efectivamente claustrofóbico, hasta el punto de que a ratos apetece tomarse un respiro. El caos de sintetizadores y guitarras, que terminan confundiéndose entre sí, alcanza su punto álgido en ‘The Megazord’, donde Kiely grita que «debería estar muerto». El contraste entre lo infantil y lo siniestro resulta demoledor. Irónicamente, el disco no podría sonar más vivo.
A estas alturas, quizá hayas pensado en el primer industrial de Einstürzende Neubauten y en otras propuestas pioneras recogidas en ‘Un cortocircuito formidable’. Desde luego, si algo contiene ‘Pugnello’ son auténticas descargas de ira. En ocasiones, incluso, suena como un disco de Nine Inch Nails roto a mazazos. Sin embargo, también hay espacio para la vulnerabilidad, y ahí la canción final, ‘At the Gallop’, brilla al imaginar una conversación pendiente entre Kiely y su padre.
El título procede del debut de 1975 de Cromwell. La relación entre ambos estuvo marcada por la distancia. Aquí aparece un vocoder con ecos de Kraftwerk y, de repente, la voz de Kiely deja de ser esa garganta que lleva todo el disco gritando, ladrando y deshaciéndose. Se convierte en una voz artificial, distante, casi fantasmal. El resultado es extrañamente precioso dentro de un álbum que parece empeñado en autodestruirse desde el primer segundo.
‘Computer Sadness’ evoca también esa sensación de futuro roto, con voces metálicas que llegan a resultar incómodas y ritmos que se arrastran gravemente, a duras penas. Por su parte, ‘Crisp Pop’, de casi ocho minutos, permite que la fórmula se desarrolle con más paciencia y resume buena parte de la propuesta del disco. Empieza con un beat bailable, turbio e insistente, y una repetición melódica que parece buscar un centro. Gilla Band van deformándolo poco a poco, hasta convertir el impulso bailable en otra fuente de tensión. El groove, el ruido y la electrónica de ‘Giraffe’ terminan de recordarnos que el mundo de ‘Pugnello’ puede ser violento, pero también maravillosamente absurdo.
