Conocí la literatura de Mariana Enríquez a través de lo que hasta hoy se puede considerar una anomalía en su carrera: un novelón de casi 700 páginas. La impresión que me produjo ‘Nuestra parte de noche’ (Anagrama, 2019) -¿la mejor novela de terror del siglo XXI?- me llevó a devorar sus cuentos, el género que había consagrado a la escritora argentina: ‘Las cosas que perdimos en el fuego’ (2016), ‘Los peligros de fumar en la cama’ (2017), ‘Un lugar soleado para gente sombría’ (2024)…
Este último volumen sirve como base de la miniserie ‘Mis muertos tristes’ (Netflix), segunda adaptación (de la primera, ‘La virgen de la tosquera’, hablaremos en nuestro Especial de Halloween) del universo literario (y muy visual) de Enríquez. Su creador, Pablo Larraín (‘Jackie’, ‘Spencer’, ‘María Callas’), ha entrelazado tres de los doce relatos que lo componen, fundiendo personajes, situaciones y temas en una sola historia.
Por un lado, ‘Julie’, donde se cuenta la historia de una joven con problemas psicológicos que regresa de Estados Unidos con sus padres y asegura mantener relaciones sexuales con espíritus, como en la película ‘El ente’ (1982). Por otro, ‘Un lugar soleado para gente sombría’, en el que una periodista viaja a Los Ángeles para investigar la muerte de una joven en un hotel, un caso inspirado en el de Elisa Lam y el célebre Cecil Hotel. Y, por último, ‘Mis muertos tristes’, que da título a la serie y tiene como protagonista a una médica jubilada capaz de ver y escuchar a los muertos que vagan por su depauperado barrio.
“Primero, creo, debo describir el barrio”. Así comienza el cuento ‘Mis muertos tristes’ y así construye visual y dramáticamente Larraín la serie: a través de la arquitectura, del choque estético y social entre un antiguo barrio obrero de casas bajas y los inmensos “monoblocs” que lo rodean, asociados a la pobreza, la marginalidad y la violencia. Un marco y un contexto (la atmósfera es lo mejor de la serie) donde se desarrolla una historia de fantasmas “realista”, un cuento gótico social y político, algo moroso en su narrativa pero lleno de situaciones y personajes muy estimulantes, donde los vivos y los muertos conviven casi como en una película de Apichatpong Weerasethakul.
Larraín evita las formas más convencionales del terror audiovisual. Sus fantasmas son figuras borrosas, cuerpos incompletos o presencias que parecen incorporarse con naturalidad al paisaje cotidiano. Para diseñarlos visualmente, el director tomó como referencia las célebres imágenes desenfocadas y borradas del artista Gerhard Richter. El resultado tiene algo de recuerdo que se resiste a desaparecer del todo. Lo sobrenatural deja así de constituir una ruptura de la realidad para formar parte de ella.
“No / se puede vivir / con tanto veneno”, canta Shakira en el primer y último episodio. Aquí los muertos no regresan para asustar. Regresan, sobre todo, porque quieren ser recordados. Enríquez y Larraín recuperan una de las convenciones más antiguas del relato de fantasmas y la desplazan hacia el terreno social y político. Sus espectros son víctimas de la delincuencia y la desigualdad, pero también de traumas colectivos que Argentina no ha terminado de procesar. El verdadero horror no reside en que los muertos vuelvan, sino en aquello que los obliga a hacerlo. 7.
